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Madrid cae rendida a Rosalía en el fin de gira de ‘El mal querer’

Hubo un momento de pánico durante los primeros compases del último concierto de la gira de Rosalía, celebrado en el WiZink Center de Madrid. Cuando la catalana comenzó a desarrollar una ‘Pienso en tu mirá’ algo fuera de tono, enseguida se achacó el desliz a un problema con el monitor de audio que la cantante llevaba en los oídos. Pero cuando afloró una leve afonía y el hilillo de voz no acababa de romper, muchos nos temimos lo peor. Afortunadamente, no podíamos estar más equivocados.

Con la velocidad a la que se agotaron las entradas para ver a la de San Esteban de Sasroviras, era de esperar que la pista estuviera a tope cuando apenas quedaba una hora para el comienzo del espectáculo, por aquello de coger buen sitio, pero no. El coso tardó en llenarse, pero lo hizo.

Quince mil almas esperaban impacientes a una joven de 26 años que hace ahora poco más de un año se sacaba de la manga ‘El mal querer’, un disco arriesgado, conceptual y experimental, que no escatima en éxitos, pero que de fácil no tiene nada. A las 21:08 horas el recinto se fundía a negro y tras cinco minutos de júbilo enfervorecido y locura colectiva, Rosalía y el conjunto que la acompañaría durante toda la noche salió al escenario. A la izquierda, un coro flamenco formado por dos hombres y dos mujeres; a la derecha, el Guincho, coproductor del álbum que la ha puesto en órbita, amarrado a un teclado, un disparador de samples y un goliat para la percusión, y rodeándola, de blanco impoluto, seis bailarinas. Ella, con el pelo suelto, también de blanco, con unas mangas que casi llegaban al suelo y que trazaban extraños dibujos cuando bailaba, y una suerte de lazo rojo a modo de cinturón.

Rosalía. / Efe

«¡Madrid!», gritaba Rosalía, que enfilaba los primeros versos de ‘Pienso en tu mirá’, con el apoyo a los teclados del Guincho, mientras el WiZink Center se venía abajo. Cuando la percusión, profunda y contundente, entraba en la ecuación, el respetable comenzaba a delirar. Ni siquiera importó que la cantante estuviera aún cogiendo el tono. La tribal ‘A palé’, el último single que ha lanzado en solitario, más cercano al hip-hop, al trap y con un toque de Billy Eilish por el camino, cambiaba de tercio y agitaba intensamente a la cantante en una danza imposible. Aplaudida a rabiar, Rosalía se dirigía por primera vez a un público volcado desde el principio. «Madrid, buenas noches. Estoy tan agredecida de haber podido volver a tocar aquí para todos vosotros. Gracias por tenernos aquí. ¿Cuántos sois? Quince mil… ¡Hay tanta gente! ¡Vamonos!», invitaba.

Con ‘De madrugá’ a los más escépticos se les pasó el susto: Rosalía estaba pletórica y su voz firme y rotunda -‘Me pesan las cadenas / de tanto mirar pa’trás’- reventaba un auditorio totalmente entregado. En ‘Barefoot in the Park’, la canción que James Blake interpreta junto Rosalía -era realmente extraño escucharle pregrabado-, la cantante convirtió a los presentes en protagonistas, animándoles a poner la linterna de sus móviles «arriba, al aire, para que se sientan todas las luces».

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Propuesta austera

Cierto es que ‘El mal querer’ es un disco minimalista, que pone en el centro del foco unas cuerdas vocales prodigiosas para tejer texturas, contrapuntos, armonías y melodías, por eso tiene lógica que el grueso del directo sea ella apoyada por cuatro coristas y un tipo lanzando samples y acompañándola con algún colchón sonoro. La pena es desaprovechar en directo aquellos momentos en los que el disco va un poco más allá. Ocurre en ‘Que no salga la luna’, incontestable pieza que ganaría enteros, fuerza y energía con un guitarrista flamenco y no una base pregrabada. Ya con ‘Maldición’, Rosalía bajaba al fin de la estructura en la que permanecían los músicos y se acercaba a sus incondicionales.

«Hoy que es el último concierto de esta gira me gustaría darle las gracias a Pablo, el Guincho, porque me lo quiero mucho y porque él se atrevió a hacer esto conmigo y esto no habría sido lo que ha sido si no fuera porque Pablo ha sido el mejor amigo del mundo y el mejor artista. Te quiero mucho», dijo. Y continuó: «Yo sé que a Pablo le gusta mucho ‘Catalina’ y me gustaría cantarla. ¿Os parece que la cante a capella?». La respuesta, obviamente, fue sí. El silencio se hizo sepulcral y casi absoluto y solo algún que otro «¡Guapa!», «¡Reina!» y «¡Ole!» rompían la planitud de la onda sonora entre verso y verso. Parece una tontería, pero eran quince mil personas en el Palacio de los Deportes de Madrid. Y Rosalía estaba al punto de la lágrima.

Rosalía, junto a sus bailarinas.
Rosalía, junto a sus bailarinas. / Efe

La luz violeta convertía entonces el escenario en un entorno lúgubre y fantasmal. Sonaban los primeros compases de ‘Aunque es de noche’, la pieza de Enrique Morente que de forma tan exquisita interpreta la catalana, convertida casi en un espectro mientras su pelo se movía al son de los ventiladores que había dispuestos por el escenario. Cogía por primera vez la guitarra, una Fender Stratocaster, el Guincho, que rasgueaba provocando un colchón de sonido efectivo pero que palidece -y mucho- en comparación con la versión de estudio de la canción donde la guitarra española es clave. Otra oportunidad perdida.

Un respiro

Rosalía se tomaba entonces un respiro, mientras sus cuatro coristas animaban el ambiente con una versión de ‘Te estoy amando locamente’, de Las Grecas. El público, que no había dejado de bailar, se animó aún más cuando los «Ali, Ali, Ali ya» de ‘Di mi nombre’ tomaron el recinto. La cosa se puso seria con ‘De aquí no sales’, una de las canciones más experimentales de ‘El mal querer’, con ruidos de motores, frenazos, sirenas y palmas para contar una escena de malos tratos y violencia machista. Rosalía, enfurecida, cantaba sobre los propios samples de su voz. La fiesta regresaba de nuevo a ritmo de rumba con ‘Milionària’, su primera canción en catalán, que puso a todo el pabellón a declamar su característico ‘Fucking Money Man’. Y tras una cerrada ovación llegaba ‘Dio$ no$ libre del dinero’, mientras una montaña de billetes dibujada en la pantalla se iba quemando y Rosalía entregaba, una vez más, un torrente de voz descomunal. La rotunda ‘Bagdad’ cerraba un bloque fantástico, en el que la catalana había tocado todos los palos: nos había emocionado, nos había puesto a bailar y nos había hecho callar.

Después llegaría, quizá, el bloque más anodino de todo el recital. Y eso que ‘Brillo’, el tema que interpreta junto a J. Balvin, apuntaba maneras, con aquellas gafas de sol y una actitud chulesca y desafiante. Pero no resultaba convincente. «Madrid, ¿estás brillando? ¿Sí o no?», preguntaba a los presentes. En ‘Como Ali’, incluso, llegó a decir: «Madrid, no te siento». El público, sin embargo, se apresuraba a decir que sí, que allí estaba. Tras otra versión por parte del coro de ‘No me llames más que ya no voy’, de Rodolfo Parrita, Rosalía enfilaba ‘Lo presiento’. Ni siquiera los láseres verdes y una puesta en escena solvente levantaron el tema.

Uno de los momentos más tribales de la actuación.
Uno de los momentos más tribales de la actuación. / Efe

«Madrid, ¿sigues conmigo?», preguntaba. La suerte estaba a punto de cambiar. Las primeras notas ya lo adelantaban pero el pabellón se vino abajo cuando la catalana dijo: «Si yo digo ‘yo por ti’ ¿tu dices?». «Tu por mí», contestaba un público venido arriba. El reguetón de ‘Yo x ti, tú x mí’ se adueñó del espacio, pero eso no fue nada. Cuando la cantante presentó a Ozuna, su compañero en la canción, la masa chillo enfervorecida, mientras ellos cantaban y se abrazaban. «La bulla no la quiero para mí, la quiero para ella», dijo el cantante.

Hacia el final

Rosalía, visiblemente emocionada, se dirigía de nuevo al público. «Madrid, no quiero hablar sin pensar. Esto lo digo desde el corazón. Este proyecto, ‘El mal querer’, ha sido lo más emocionante que me ha pasado en la vida. Gracias porque no sé cuándo volveré a cantar algo como esto y en un sitio como éste. Todo ha sido por vosotros. Me siento muy feliz y Madrid, espero volver a verte pronto. Ya sabes que te quiero y que tienes mucha altura». Daba paso así a ‘Con altura’, el tema que ha superado los mil millones de reproducciones en YouTube y en el que el Guincho hacía las veces de J. Balvin.

La formación abandonaba un momento el escenario y regresaba ya para enfilar la recta final. La minimalista y emocional ‘A ningún hombre’, con la voz de Rosalía doblada hasta el infinito, abría el único bis de la noche en absoluto silencio, con dos tenues focos apuntando a la cantante y con la pantalla teñida de rojo. Pero la despedida tenía que ser una fiesta. Y lo fue. ‘Aute Cuture’ llenaba la pantalla del escenario de corazones y ponía al público a cantar aquello de ‘Madre mía, Rosalía bájale’. «Madrid, si te sabes este tema, cántalo por última vez conmigo», decía antes de afrontar ‘Malamente’. Feliz, Rosalía se despedía agradeciendo la calidez otorgada por los presentes: «Gracias por tanto amor».

Rossy de Palma, Alejandro Gómez Palomo, Mario Casas o Pedro Almodóvar fueron solo algunas de las caras conocidas que disfrutaron de un concierto en el que por estar estuvo hasta Belén Esteban, fan confesa de la artista. Pero no se equivoquen, anoche solo hubo una princesa del pueblo, la Rosalía.

Más información



Fuente:
La verdad

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About Sandra

Apasionada de la música y licencia en solfeo en la universidad de Madrid. Actualmente escribo en el blog de Música Ahora y trabajo en la oficina de turismo de Madrid

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