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Reseña de la reedición de «Persépolis» (2020) de Marjane Satrapi

En cualquier tipo de narrativa, también en la gráfica, sabes que estás delante de una obra importante cuando su mensaje se mantiene vigente a lo largo de los años y las herramientas que su autor o autora utiliza para que este llegue al lector siguen funcionando en una vertiginosa época como la que vivimos actualmente.

La nueva y, dicen, definitiva edición del “Persépolis” de Marjane Satrapi promete en su portada nueva traducción, rotulación, diseño y formato. Siendo todo ello cierto, al final, la mejor promesa que puede mantener esta obra –y no es poca cosa– es la de seguir siendo un ejercicio sentimental e histórico en primera persona verdaderamente emocionante.

“Persépolis” fue uno de esos cómics pioneros en dar el salto a un público más amplio que el que visita habitualmente librerías especializadas, catapultada por su adaptación cinematográfica animada en su día, pero ha mantenido ese estatus muchos años después por méritos estrictamente propios.

Leer cómo Marjane Satrapi narra su niñez a finales de los setenta en un Irán en semiperpetuo estado de convulsión sigue siendo una experiencia absorbente y magnética. Más allá de la conexión puramente generacional, la autora consiguió dibujar su paso de la niñez a una incipiente vida adulta con unas líneas maestras bajo las que se podía y se puede cobijar casi cualquier persona que la esté leyendo. Porque, en su camino de lo micro a lo macro, la partícula elemental es ella misma, haciendo gala de una honestidad brutal, de una exhibición emocional demoledora.

Es ese núcleo, esa candidez de la infancia, esas inseguridades adolescentes, ese caminar por un campo de minas de la vida adulta, el que cimenta la construcción de un relato titánico de apariencia doméstica. Satrapi consigue encapsular la evolución de un pueblo y los vaivenes de un país durante varias décadas a través de su vida, la de su familia y la gente que tiene cerca, y el resultado es algo así como tomar la Bastilla en zapatillas de estar por casa.

Su dibujo en riguroso blanco y negro, con esa esencia líquida que le permite pasar del drama a la socarronería, mantiene esa quintaesencia iconográfica de los ilustradores primitivos de conseguir llegar a todo el mundo gracias a su estilo sencillo y directo. Unos códigos que, demostrado queda, aseguran su pervivencia, aislándose de la modernidad y, quizás por ello, eludiendo la obsolescencia. Códigos, en fin, reservados a las grandes obras.

Consciente o inconscientemente, la autora convirtió la historia de su vida en algo mucho más grande, que ha trascendido lo personal hasta convertirse en una especie de patrimonio intangible de la historia, de su país y del proceso vital. Una auténtica maravilla que, por cierto, gana con cada relectura.



Fuente: MondoSonoro

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About Sandra

Apasionada de la música y licencia en solfeo en la universidad de Madrid. Actualmente escribo en el blog de Música Ahora y trabajo en la oficina de turismo de Madrid

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